Durante un concierto en un gran estadio, decenas de miles de personas ocupan físicamente el recinto. Al mismo tiempo, un número que puede llegar a ser mucho mayor sigue ese mismo evento a través de un hashtag, de historias en redes sociales o de una retransmisión en directo, sin haber pisado nunca el recinto. Quien organiza el evento suele diseñar accesos, aforos y flujos pensando en la primera multitud. La segunda, dispersa y normalmente fuera del foco de la gestión operativa, rara vez recibe la misma atención.

Un sociólogo francés llevaba escribiendo sobre esta diferencia desde finales del siglo XIX, en un libro breve, hoy poco leído en español, que merece más atención de la que suele recibir.
Un contemporáneo de Le Bon que quedó en segundo plano
Gabriel Tarde (1843-1904) fue magistrado antes que académico, y acabó ocupando la cátedra de filosofía moderna del Collège de France. Su obra Les lois de l’imitation (1890) le dio una notoriedad considerable en su tiempo. Poco después empezó a publicar, en revistas como la Revue des Deux Mondes y la Revue de Paris, una serie de ensayos sobre las multitudes y sobre un fenómeno que consideraba nuevo: el público.
En 1901 reunió esos textos en un único volumen, L’opinion et la foule —conocido en español como La opinión y la multitud—, compuesto por tres ensayos: «Les foules et les sectes criminelles» (1893), «Le public et la foule» (1898) y «L’opinion et la conversation» (1899). El libro se publicó apenas seis años después de que Gustave Le Bon presentara su célebre Psychologie des foules (1895), y comparte con él buena parte del contexto histórico: el fin del siglo XIX europeo, marcado por el auge de las multitudes urbanas, las movilizaciones políticas y una creciente inquietud por comprender el comportamiento colectivo.
Tarde no se limita a repetir el diagnóstico de Le Bon. Introduce diferencias importantes, especialmente al distinguir entre multitud y público y al prestar mayor atención a fenómenos como la imitación, la opinión y la circulación social de las ideas. Y convierte en objeto central algo que en Le Bon no ocupa ese lugar: el público como colectividad puramente mental, sin presencia física compartida. Hay además una diferencia llamativa: mientras la obra de Le Bon cuenta con numerosas traducciones y ediciones comentadas en español, la de Tarde ha tenido una circulación mucho más limitada y discontinua en nuestra lengua. Es una laguna que pesa, teniendo en cuenta lo que su lectura puede aportar a quien trabaja hoy con multitudes y comunicación.
La distinción que todavía no hemos asimilado del todo
Tarde observa que la palabra «público» se usaba en su época, sobre todo, como sinónimo de multitud: el público de un teatro, el público de una asamblea. Identifica, sin embargo, un uso distinto y cada vez más relevante, que había ido apareciendo desde la invención de la imprenta: un público formado por individuos físicamente separados entre sí, sin contacto directo, cuya cohesión es exclusivamente mental. La psicología de las multitudes ya estaba en marcha en su tiempo, sostiene; quedaba por construir la psicología de ese otro colectivo, disperso y creciente, al que la prensa daba forma.
La distinción vale para cualquier organización que comunique a la vez con una audiencia presente y con una audiencia dispersa, aunque en el sector de los eventos resulta especialmente nítida. La multitud es el conjunto de asistentes presentes en el recinto: la que cruza los accesos, ocupa las gradas, forma colas y comparte un mismo espacio físico. El público, en el sentido de Tarde, es la audiencia dispersa que sigue el evento a través de la prensa, de la televisión o, en su versión contemporánea, de las redes sociales.
Las redes sociales complican esta distinción: no son exactamente el público que describía Tarde. En ellas hay distancia física, como en el público disperso, pero también interacción casi inmediata, contagio, reacción colectiva y cierta sensación de copresencia, rasgos que Tarde asociaba más bien a la multitud. Los entornos digitales parecen mezclar ambas categorías, más que encajar limpiamente en una de las dos.

La conversación como motor de la opinión
Uno de los aspectos más interesantes de la obra es el papel que Tarde atribuye a la conversación. Para él, la opinión no se forma únicamente a través de los grandes medios: circula y se transforma en el intercambio cotidiano entre personas, algo que no exige demasiado esfuerzo de traducción a lo que hoy llamamos conversación en redes sociales. La prensa, y por extensión cualquier medio de comunicación de masas, no crea la opinión de la nada. La activa, la orienta, le da un punto de partida común a partir del cual millones de conversaciones dispersas empiezan a parecerse entre sí.
Durante una emergencia o un incidente, una parte importante de cómo se interpreta lo que ocurre no se construye en el recinto, sino en la conversación dispersa que el público mantiene sobre lo que cree que está pasando dentro. Tarde ayuda a entender cómo los rumores y la percepción de riesgo se propagan por esa vía, algo que describió antes de que existiera ningún canal digital.
Lo que este artículo apenas puede resumir es la atención con la que Tarde se detiene en formas muy distintas de multitud —políticas, religiosas, estéticas o impulsadas por el miedo— y en públicos igualmente diversos —literarios, políticos, científicos o articulados alrededor de determinados acontecimientos—. Es en esos matices, más que en la tesis general, donde el libro da más de sí. Al ser un texto de dominio público, puede leerse gratuitamente en francés a través de Les Classiques des sciences sociales, el archivo digital de la Universidad de Quebec en Chicoutimi.
Qué puede aportar esto a la comunicación y a la gestión de eventos
El crowd management, o gestión de multitudes, es la planificación y gestión sistemática del movimiento y comportamiento de las personas en espacios donde se producen concentraciones de público. Esto tiene implicaciones que van más allá del sector de los eventos, aunque ahí se ven con particular claridad. Desde la perspectiva de la gestión de multitudes, el modelo DIM-ICE de Keith Still recuerda que el diseño, la información y la gestión deben pensarse para las tres fases de un evento: acceso, circulación y salida. Junto a la multitud física que atraviesa esas tres fases, existe hoy un público disperso que recibe información, interpreta lo que ocurre y, a través de su conversación, puede modificar la percepción de seguridad del evento.
Hay además una idea que me parece especialmente relevante desde la práctica profesional: durante un evento puede producirse una diferencia notable entre la realidad operativa y la percepción pública. Una situación puede estar perfectamente controlada dentro del recinto mientras, en paralelo, en redes sociales empieza a consolidarse una interpretación muy distinta de lo que está ocurriendo. Y lo que se dice fuera puede terminar condicionando lo que ocurre dentro, igual que lo que sucede dentro alimenta esa conversación. Gestionar bien una sin atender a la otra suele ser, como mínimo, incompleto.
Una comunicación de riesgos centrada en la megafonía y la señalética del recinto atiende sobre todo a la multitud presente. El público que sigue el evento desde fuera necesita sus propios canales y su propia velocidad de respuesta, especialmente en los primeros minutos de un incidente, que es cuando la conversación dispersa tiende a llenar los vacíos de información con especulación.
Monitorizar lo que ese público disperso está diciendo —en foros, redes sociales o comentarios de prensa local— puede aportar una capa complementaria de información sobre percepción, rumores o problemas emergentes. No sustituye a los datos de aforo, densidad y flujos, que cumplen una función operativa distinta y específica en la gestión de multitudes, pero añade algo que esos datos no recogen: cómo se está interpretando, desde fuera, lo que ocurre dentro.
Un siglo después, la pregunta sigue abierta
Le Bon explicó la multitud reunida en un mismo espacio físico. Tarde, casi al mismo tiempo, empezó a explicar algo distinto: un público disperso, conectado por la conversación y por los medios, que no dejaba de crecer. Hoy esa separación es menos nítida que en su época: una misma persona puede formar parte, a la vez, de la multitud física de un estadio, un festival o una manifestación, y del público digital que comenta esa misma multitud desde el propio teléfono, sentado en la grada.
No creo que esto refute a Tarde. Más bien confirma que su marco sigue siendo útil para pensar un fenómeno que él apenas pudo intuir: hoy ambas cosas pueden ocurrir al mismo tiempo, en el mismo evento e incluso en la misma persona. Quien quiera ir más allá de este resumen encontrará en el propio Tarde una prosa más viva, y bastante más irónica, de lo que su reputación de autor secundario deja suponer.







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